El festival de informar

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Oscar Sañudo

Dentro de las continuas sorpresas que nos encontramos los profesionales de la comunicación en nuestro trabajo diario, debo confesar que en el ámbito de la información musical el asunto alcanza cotas nepalíes.

Y no es solamente por la falta de formación de muchos que se dedican a esto sin más formación que la de ser meros aficionados a tan noble arte, quienes se permiten además elaborar sesudas (y a veces hilarantes) críticas sobre la labor ajena sin ninguna vergüenza, preparación ni tino.

El problema es cuando los propios profesionales caen (caemos) en errores que con un poco de atención, convertirían nuestro trabajo en algo más fácil para nosotros y más efectivo para los artistas sobre los que tratamos. A modo de ejemplo, puedo contar nuestra experiencia informativa en los festivales musicales. Y no me refiero a los de música clásica, en los que por suerte o por desgracia se suele contar con el amparo de las instituciones públicas y son los propios gabinetes de prensa de esas administraciones las que se encargan (mal que bien) de facilitar el trabajo a los profesionales.

Pero otra cosa ocurre con festivales de música pop, rock, electrónica etc, generalmente producidos por la empresa privada y en los que, en el mejor de los casos, se contrata a una empresa de comunicación para encargarse de este trabajo. En algún caso, y de manera intolerable, se exige que el medio que desee acreditarse para cubrir el evento publique un mínimo de noticias previas sobre la celebración, lo que a nuestro juicio supone de entrada un chantaje poco elegante. Pero al menos, uno espera que con tales condiciones, el trato sea después el adecuado para poder trabajar en condiciones óptimas. Ilusos …

En algunos casos, recoger la acreditación suele ser más complejo de lo que pudiera parecer, siempre suele pasarle a alguien que su apellido no está correctamente copiado, que si le DNI no concuerda, que si “a mi nadie me había dicho…” Pero una vez superadas las barreras físicas y mentales, cacheados, revisadas cámaras y portátiles, bien toquiteadas nuestras herramientas de trabajo, empieza lo bueno. A los compañeros gráficos les suelen situar en un espacio cerrado, limitando así su capacidad de acción y lo que es más sorprendente, se les expulsa de tal redil pasados los quince primeros minutos de actuación. Y ahí te las compongas. A los redactores no les enjaulan, de hecho no suelen contar con ningún espacio donde situarse y pedir una conexión wifi para enviar tu trabajo in situ … mejor no intentarlo. Salvo para los medios generalistas, no suelen facilitar entrevistas con los artistas, ni se suelen celebrar ruedas de prensa previas.

Pero acabemos con esperanza. También hemos asistido a festivales de menos renombre, con menos presupuesto y donde un único compañero se encargaba de recibirte, acompañarte a una ubicación específica y ponerse a tu disposición para cualquier cosa que necesites. Interesarse por los medios que podrías necesitar, facilitarte el acceso a cualquier zona del festival, entrevistas … Y si ya que te vas a pasar trabajando una serie de horas en un ambiente que no necesariamente tiene porqué gustarte, ese compañero te ofrece como detalle una cerveza y/o un bocata para poder afrontar la próxima actuación (coste aproximado del dispendio, 2 euros) y solo con semejante y oneroso chantaje emocional ya te inclina a volver el año que viene, llueve o nieve, para contarle a tus lectores lo que pasa, cuando pasa, cómo y dónde pasa y especialmente, si verdaderamente merece la pena pasarlo.

Barato que es uno.